sábado, 7 de febrero de 2015

Haterismo


Si hay una emoción que no podemos controlar por su carácter irracional es el odio, que la mayoría de las veces viene acompañado de ira, rabia y agresividad. Podemos sentir odio hacia algunas cosas que se traduce en una sensación de repulsión, pero el odio más dañino es que el que sentimos hacia otras personas. Como cualquier sentimiento, los mecanismos del odio son muy difíciles de desentrañar, pero conviene reflexionar hasta qué punto nos limita esta emoción en el desarrollo de nuestra personalidad.

Las causas que producen el odio

La causa más frecuente de que aparezca el sentimiento de odio es la respuesta a una agresión. En ocasiones nos sentimos dañadas por otras personas, agresiones que no tienen por qué ser físicas, pero que a veces también lo son. En ese momento pasamos a considerar a esa persona como un enemigo que nos está atacando y la respuesta inmediata es el odio.

Todas aquellas personas con una baja autoestima acostumbran a albergar sentimientos de odio, porque se sienten atacadas más fácilmente que las personas seguras de sí mismas. La inseguridad y sentirse inferior a los demás son fuentes generadoras de odio en nuestras relaciones sociales. Conviene por tanto, mejorar esos aspectos de nuestra personalidad, si es necesario con ayuda profesional que nos enseñe a canalizar nuestras inseguridades sin sentir odio hacia otras personas.

Las consecuencias de sentir odio

Es cierto que el odio es un sentimiento natural, pero no por eso es menos perjudicial para nuestra salud tanto emocional como física. Se trata en todo caso de una emoción negativa que puede repercutir en nuestro estado anímico hasta hacernos caer en una depresión. Además, el odio está relacionado con algunos problemas de salud, como el insomnio, el estrés, la ansiedad y debilita considerablemente el sistema inmunitario.

La relación amor-odio

Para evitar estos riesgos para la salud es evidente que tenemos que deshacernos del odio, pero no resulta fácil, pues se trata de un sentimiento innato con el que nuestro cerebro reacciona frente a una agresión. Además, el odio se genera en el mismo punto del cerebro donde se produce el amor, de ahí la dificultad que tienen muchas parejas para distinguir si se odian o se aman. Ambas emociones, el odio y el amor, se convierten así en pasiones que inevitablemente nos consumen. ¿Inevitablemente?

Cómo evitar sentir odio

No tenemos por qué resignarnos a sufrir o a sentir emociones que no queremos. Aprender a racionalizar cada sentimiento que surge en nosotras y relativizar la importancia de dichos sentimientos nos ayudará a sentirnos más fuertes y seguras. También es importante gestionar el sentimiento de odio reduciendo su intensidad y para ello es necesario una mayor tolerancia hacia los errores ajenos. Ten en cuenta que la mayoría de las veces que nos hemos sentimos dañadas, la otra persona ni siquiera se ha dado cuenta del daño que hacía.

El camino para canalizar el odio hacia otro tipo de emociones menos perjudiciales para nuestra salud pasa por mejorar nuestra autoestima y aumentar el grado de comprensión hacia los demás. Haz tuyo el lema de que "no ofende quien quiere, sino quien puede" y esfuérzate en tu desarrollo personal para que nadie pueda dañarte.

Cuando lloras se arrugan los ojos

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Katharine Hepburn y James Stewart en Historias de Filadelfia (CC)

Izquierda: Katharine Hepburn y James Stewart en Historias de Filadelfia (CC). Derecha: Henry Fonda y  Katharine Hepburn en El estanque dorado (CC).

Hay películas que cuando dices en voz alta que no te han emocionado hay quien te mira como si fueras boba. Al parecer, si no te extasías con ellas y sales del cine en estado de trance es porque no tienes la sensibilidad necesaria o, peor todavía, no puedes entenderla por algún tipo de tara sin diagnosticar. Me ha pasado con Gravity. Digo que no me entusiasma y aparecen esas miradas de condescendencia, de «ay, pobrecica».

El problema que tuve con Gravity es que me costó centrarme en lo que el director quería contar, en la historia, porque la mayoría del tiempo no podía dejar de pensar en qué cojones se había hecho en la cara Sandra Bullock. No hay ni rastro de humanidad en el rostro, ninguna arruga, ni una sola línea de expresión. Nada. Hay una escena en la que la Bullock llora y las lágrimas, en 3D, ingrávidas y redondas, parece que se acercan y las quieres tocar con los dedos. Es bonita, que sí, que sí, pero mientras la contemplaba no podía dejar de pensar que cuando lloras arrugas los ojos. No pude emocionarme porque la cara de la actriz de cuarenta y nueve años que debe transmitir esa emoción es marciana. Las actrices clonadas no parecen más jóvenes cuando se retocan tanto. Son mayores con una cara extraña, irreal. No alcanzan pues su objetivo.

John Travolta. Foto: Vegafi (CC)

John Travolta. Foto: Vegafi (CC)

Lo de destrozarse el rostro no es patrimonio exclusivo de las mujeres. Ahí están los casos de Robert Redford (en el cartel de su última película sale un señor que dicen que es él), Sylvester StalloneAl PacinoJohn Travolta o George Clooney, que ha admitido abiertamente que pasó por el quirófano para quitarse las bolsas de los ojos. También Cris Noth, que triunfa ahora con la magnífica serie de televisión The Good Wife, tiene una jeta sospechosa desde hace tiempo. No es pues una cuestión exclusivamente femenina, pero entre las actrices mayores es una auténtica plaga. De hecho, lo que cuesta es encontrar casos de mujeres en el cine de más de treinta y cinco años con arrugas, o que no se hayan tocado mucho. Naomi WattsJulianne Moore o Cate Blanchett son algunos de los más evidentes. Entre las actrices españolas, Maribel Verdú ha crecido y madurado ante nuestros ojos.  Ha pasado de ser una adolescente a una mujer de cuarenta y tres años dejándose la cara en paz: «Hay cositas que me voy notando, pero no me tocaré nada. Quiero que mi rostro refleje lo que vivo, lo que me ha pasado por dentro. No quiero parecer un pez globo, porque hoy todas tienen esa cara. Prefiero ser como Holly HunterFrances McDormandSusan Sarandon… Que se me noten las venas cuando he dormido mal y las arruguillas del entrecejo. Si fuese hombre estaría como loco por parecerme a Tommy Lee Jones, con carreteras en la cara».

Crecí admirando las películas de Katharine Hepburn —cómo no amar Historias de Filadelfia— y siempre me pareció una mujer hermosa, también con todas las arrugas y su pelo desordenado en un moño blanco al final de sus días. El ejercicio de intentar imaginarse a una Hepburn con la cara estirada y boca de pato resulta aterrador. ¿Y Lauren Bacall? Pues eso, escalofríos. Quedan aún actrices en las que el tiempo ha pasado por su rostro y siguen siendo atractivas: Charlotte Rampling, Susan Sarandon o Judi Dench son tres buenos ejemplos. Entre las españolas, ahí está Ángela Molina, que tampoco disimula nada a sus cincuenta y nueve años.

La actriz Rosana Arquette realizó un documental titulado Searching for Debra Winger en el 2002. En él, actrices maduras explican lo complicado que es mantenerse en Hollywood y compaginarlo con tener una vida familiar. Expresan además su temor a envejecer y dejar de conseguir papeles; la presión por seguir pareciendo jóvenes y, por lo tanto, deseables según la industria. Algunas de las estrellas que aparecen en el documental no tienen actualmente la cara como entonces, once años después. No porque hayan envejecido, sino porque se han hecho un estropicio. Como Meg Ryan o Emmanuelle Béart, que se queja del proceso de cosificación a la que a veces se veía sometida. La actriz francesa, que se desfiguró el semblante hace ya tiempo, renegó en una entrevista reciente en Le Monde de sus pasos (aunque siga diciendo que solo se operó los labios) por el quirófano. «Hay mujeres que aseguran que la cirugía les ha hecho más fácil la vida pública. Y otras que declaran sentirse profundamente afectadas por ello. Yo pertenezco a estas últimas». Béart ha perdido incluso trabajos por su actual aspecto, como también le ha sucedido a Victoria Abril. La paradoja de querer seguir pareciendo joven para continuar teniendo papeles y quedarte sin ellos porque ya ni eres joven ni tienes un rostro, ya no adecuado con tu edad, sino normal. Hay caras que producen extrañeza, en el mejor de los casos, cuando no cierto repelús.

En Searching for Debra Winger las actrices son abiertamente críticas con los directores y ejecutivos de los estudios y afirman que se han sentido presionadas a seguir pareciendo lozanas. «Hemos sobrevivido a la mayoría de los que mandaban en los estudios y nosotras seguimos teniendo trabajo», afirma rotunda Whoopi Goldberg, que en otro momento del documental suelta: «Llega un momento en el que te dan papeles solo de madre o de tía de. Y está bien ser la tía de. Las tías también follan». Daryl Hannah, la sirena de Splash o la tuerta asesina implacable de Kill Bill, narra cómo a veces la presión por no envejecer (como si hubiera alguna manera de evitarlo) es más sutil. «Cuando me dieron el primer papel en el que era madre de un adolescente recuerdo que hubo gente que me preguntaba: ¿Y no te importa? ¿Por qué tenía que importarme?».

Lauren Bacall en 1989 Roland Godefroy

Izquierda: Lauren Bacall en una foto promocional de los años 40. Derecha: Lauren Bacalla en 1989. Foto:  Roland Godefroy (CC).

Pero no todo son empujones y presiones para acercarte al quirófano. Los culpables no son solo los malignos estudios ni los taimados ejecutivos. David Trueba, que acaba de estrenar Vivir es fácil con los ojos cerrados, desvela que también hay algunas estrellas que tienen en sus contratos cláusulas que exigen retoques y aunque el director no esté de acuerdo con ello debe hacerlo porque está obligado; está en el contrato. Son unos filtros, un «Photoshop de cine», para que en pantalla la actriz en cuestión luzca con una piel tersa y sin «defectos». Cita, por ejemplo, un caso que le llamó la atención: «Si tú ves a Keira Knightley en Piratas del Caribe te das cuenta de que su cara no es real. El contraste entre su rostro y el de Orlando Bloom, que tiene sus líneas de expresión, es evidente. Y es curioso porque Keira Knightley no es una actriz mayor, pero en esa película está retocada». Se rumorea que la bella Rachel Weisz es de las que exige por contrato los retoques. Una lástima de ser cierto, porque resulta mucho más atractiva la idea de una Weisz con cincuenta años en su cara. Debería hacer caso a la fantástica Frances McDormand —cómo no quererla en Fargo— que en un momento del documental de la Arquette proclama: «Llegarán papeles en los que hay que tener cincuenta y cuatro y no va a haber ninguna que parezca que tenga cincuenta y cuatro, pero ahí estaré yo. Me los llevaré todos».

Julianne Moore en la Mostra de Venecia de 2009. Foto: Nicolas Gegin (CC).

Julianne Moore en la Mostra de Venecia de 2009. Foto: Nicolas Gegin (CC).

De todas formas, Trueba recuerda que lo de retocar no es nuevo: «Ya se hacía en los años cuarenta con medios muchos más rudimentarios. Con Sara Montiel, por ejemplo. Se ponía una media en la cámara para que así los rasgos se difuminaran». En el cine español no se conocen casos de actrices que lo exijan por contrato, es un proceso económicamente costoso, pero sí que hay una clara tendencia hacia películas protagonizadas por actores muy jóvenes. Recientemente, con el casting ya hecho, el distribuidor de una película recomendó que se rebajara la edad de algunos actores contratados, hombres. Tenían cuarenta años, pero prefería que fueran de menos de treinta. Se atendió a su recomendación, por cierto.

Hay quien levanta la voz y se niega a pasar por el aro y manejar así una imagen más acorde con la realidad. Hace diez años, Kate Winslet expresó públicamente su descontento por un reportaje fotográfico que apareció en la revista GQ en la que el Photoshop le quitó algunos kilos y denunció que lo habían hecho sin su consentimiento: «No tengo ese aspecto. Y, sobre todo, no lo quiero». Por eso, hace unas semanas, la prensa británica esperaba que reaccionara ante la evidente manipulación de su rostro en la portada de la revista Vogue, en la que aparecía visiblemente rejuvenecida, con una piel perfecta y ojos de azul imposible.

Cate Blanchett no se ha mordido la lengua tampoco respecto a su opinión del bótox y las operaciones: le horrorizan. Con cuarenta y dos años, hace solo uno, posó para Intelligent Life, el suplemento de estilo y cultura de The Economist, maquillada, pero sin ningún tipo de filtro en la fotografía, ningún arreglo«Parece lo que es, una mujer de cuarenta y dos años que pasa las mañanas encerrada en una oficina, las tardes en el teatro y el resto del tiempo cuidando de sus tres hijos», explicaba el editor. La decisión de no retocar a la actriz digitalmente fue de la revista. Huelga decir que en la portada, titulada «This is not a film star», Blanchett aparece hermosa. Con líneas de expresión y leves bolsas en los ojos. Y aún así, guapa.

A lo mejor si Gravity la hubiera hecho Cate Blanchett me habría impresionado más. Por el simple motivo de que me hubiera podido centrar en la historia y no en su cara. Porque cuando lloras, se arrugan los ojos.

Birdman o la abrumadora historia de la conciencia

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Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Empecé con eso. ¿Se oía?

Prepárense que empezamos con un solo de batería. Ba-dum-dum-dum-tschh-dum-dum-ba-dum. Una pantalla en negro y letras separadas que aparecen a cada golpe de la caja y el bombo y el tom y el charles y el crash. Poco a poco, sonido a sonido, las letras van formando palabras.

Y las palabras encajan.

Dum-dum-ba-dum-tschh. Son los créditos y son una declaración de intenciones. Hablando de declaración de intenciones, deberías decir lo de los spoilers. No voy a decir nada de los spoilers; da igual que los lectores conozcan la trama. Para comprender, incluso para disfrutar la película, tienen que verla. Además, la trama podría contarse en cuarenta y cinco palabras. Si no lo dices, se van a enfadar. Está bien.

LA SIGUIENTE RESEÑA CONTIENE SPOILERS QUE NO DESENTRAÑAN LA TRAMA

Porque, ¿tiene trama el último filme de Alejandro González Iñárritu? Sí, claro que la tiene. Y es muy sencilla, ni siquiera es especialmente original: una antigua estrella de cine quiere redimirse de su pasado hollywodiense montando, dirigiendo y protagonizando una obra de teatro seria. Los preparativos de la obra servirán para que, en una serie de catarsis, el protagonista se comprenda a sí mismo y la vida que le rodea. ¿Ven? cuarenta y cinco palabras. Han sido cuarenta y seis, y eso no es una trama, ni siquiera es una sinopsis. Es apenas un esbozo. Dum-tschh-dum-tschh-tschh-ba-dum. 

El protagonista es Riggan Thomson, un antiguo actor de Hollywood que, cumplidos los sesenta, quiere demostrar al mundo que no es solamente la estrella de una serie de películas de superhéroes de hace veinte años —el epónimo Birdman—, sino que es un actor de verdad. Un actor de teatro. De Broadway. Y la obra que adapta es, ni más ni menos que De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Intimista, profunda, seria. Sin artificios ni concesiones; alejada una galaxia de los blockbusters que Thomson ha interpretado. Una obra que habla de los Grandes Temas. ¿Y no hablan todas las obras de los Grandes Temas? Dum-dum-tschh-tschh-dum. A su lado, un actor joven de los de verdad. Tan de verdad que solo es de verdad cuando está en el escenario. Tan de verdad que la crítica nunca ha podido encontrarle una mala interpretación. La primera actriz de la obra es una actriz de Hollywood en plenitud, pero que está tan emocionada como aterrorizada por actuar en las tablas de Broadway. La segunda actriz es la nueva pareja de Thomson, a quien el protagonista trata como un molesto mosquito. Tschh-tschh-ba-dum-dum. Algo parecido puede decirse de la hija de Thomson, adicta recién rehabilitada que hace las veces de su asistente personal; o incluso del productor teatral, prácticamente el único amigo del protagonista y que hará todo lo posible para que la obra llegue a buen puerto. O a cualquier puerto. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y Birdman. La imagen del superhéroe que persigue al actor hasta el punto de que nadie le reconoce por otro papel. Hasta el punto de que solo le reconocen los que vieron sus películas hace veinte años. Ni sus hijos ni sus sobrinos ni la gente que tiene Twitter o Facebook o Instagram, porque Thomson no tiene ni Twitter ni Facebook ni Instagram porque no quiere vivir en el pasado pero no sabe vivir en el presente. Ba-dum-dum-tschh-dum. Birdman le persigue y, cuando están solos, le habla y le concede poderes sobrenaturales. No se los concede. Iñárritu no lo llega a dejar claro. No del todo. Birdman le persigue en el camerino y por las calles de Nueva York. Thomson no está preparado para ser un actor de teatro. No está preparado para ser un actor de verdad. Pertenece a los blockbusters de Hollywood. Pertenece a su pasado. Pertenece al público. Pertenece a Birdman. Tschh-tschh-dum.

Pero Riggan Thomson quiere acabar su viaje y demostrar que es más que Birdman. Que no es Birdman. ¿Y a quién se lo quiere demostrar? ¿Al público? ¿A su público? ¿A su exmujer que le abandonó porque Thomson fue un imbécil con ella como lo es con todos los demás? ¿A Birdman? ¿A él? A él, claro. El viaje del protagonista es un viaje a través del ego de un hombre que solo tiene ego. De un hombre que solo ve el mundo detrás de sus propios ojos. Todos vemos el mundo detrás de nuestros propios ojos. Un hombre que confunde el amor con la admiración y que solo respeta a quien admira o a quien teme. ¿No lo hacemos todos? No. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

El protagonista es Michael Keaton, un actor de Hollywood que hace de actor de Hollywood que quiere ser actor de teatro, que tiene sesenta y tres años y al que casi todos conocemos por haber sido Batman hace ya dos décadas. El segundo actor es Edward Norton, uno de los intérpretes mejor considerados por la crítica mundial. De los pocos de su generación que es un actor de verdad, y que hace de un actor de verdad; pero que, por otro lado, fue El Increíble Hulk. Ba-dum-dum-dum-ba-tschhh. La primera actriz es Naomi Watts, con las arrugas de la plenitud. La hija es Emma Stone, cínica y descreída. Demasiado autoconsciente para la edad que tiene, demasiado dolida como para creer en padres ni mucho menos en superhéroes. ¿Hablas de Stone o de su personaje? De su personaje, Stone ha sido la novia de Spiderman hace nada. Y el productor es Zach Galifianakis, tantas veces tarado y resacoso pero que aquí es el único personaje sensato y centrado del filme. Dum-tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y los asistentes, los sastres, los tramoyistas, la gente que pasea por Times Square, incluso la despiadada crítica del New York Times se balancean y gravitan y se arremolinan y revolotean alrededor de Riggan Thomson, que corre y salta y pelea y llora y rompe y se emborracha y camina en calzoncillos bajo las alas de Birdman, en busca de la verdad que está en fondo de lo más falso. Del teatro. Siempre bajo las alas de Birdman. Ba-dum-dum-tschh-dum.

Y todos ellos gravitan y revolotean alrededor de las arrugas de Michael Keaton, que juega a su antojo con lo falso y con lo verdadero, y hace creíble un personaje que es falso en cuanto se sube al escenario. Las arrugas de los calzoncillos de Edward Norton, que nos convence de que es falso cuando es hombre y verdadero cuando es actor. Las arrugas de Naomi Watt, cuarenta y seis años de plenitud y de miedo escénico. Las onduladas arrugas en el alma de Amy Ryan, compasiva con su exmarido, pese a todo. Las arrugas en los ojos de Emma Stone, cansados de mirar apenas cumplidos los veinticinco. Y las feroces arrugas de Lindsay Duncan, implacable con quien quiere usurpar la verdad del teatro, visceral y sanguínea, desde la brillantina de Hollywood: «Eres una celebridad, no un actor». 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y todos ellos se balancean en diálogos que flotan como avispas y golpean como mariposas. Tan leves y tan corpulentos que han necesitado ocho manos para emerger. Las del propio Iñárritu y las de Nicolás GiacoboneAlexander Dinelaris y Armando Bo.

Y todos ellos revolotean alrededor de la música del formidable baterista Antonio Sánchez, que bombardea desde el primer al último minuto del metraje sin que nunca sepamos si es diegética o extradiegética. Sin que terminemos de saber si solo la escuchamos en el cine mientras vemos a Keaton o golpea desde el decorado que envuelve el viaje de Thomson y Birdman. Tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y todos se arremolinan delante de la lente de Emmanuel Lubezki, hipercromática, profunda y descarnada. Desde el cielo blanco de Manhattan y las guindillas multicolores de una licorería hasta el último milímetro de la última arruga de la cara de Michael Keaton.

Y la cámara. Tschh-tschh-ba-dum-dum. La cámara de González Iñárritu gravita alrededor de todos y de todo en un único plano-secuencia continuo. Ni es un único plano-secuencia ni es continuo. No, no lo es, pero Iñárritu nos hace creer que lo es diciéndonos a la cara que no lo es. Corta el plano cuando no debería haber cámara y fluye suavemente en días y noches como si fueran fracciones de segundo. Enlaza el paseo con la catarsis sin solución de continuidad. Sí que hay discontinuidades. Es verdad, cuando corta el plano y pone la cámara donde no es posible que hubiese una cámara: en una playa llena de medusas. Quizá así transcurre la vida a través de nuestros ojos, en un plano-secuencia donde todo es real incluso cuando no lo es. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Quizá de eso van todos los actos creativos: de convencer de que algo es algo mientras decimos que no lo es. Quizá Birdman habla de Iñárritu, de rodar en Hollywood con estrellas de Hollywood hablando de Hollywood sin estar en Hollywood y alejándose lo máximo posible de Hollywood. De la dificultad de convencer a todo el mundo. De la dificultad de contentar a todo el mundo. De la dificultad de convencerse a uno mismo. Dum-ba-dum-tschh-tschh.

Quizá de eso van las Grandes Obras: de tomar una idea libre y fresca y llevarla a sus últimos extremos. Con la abrumadora consciencia de lo que se hace. Con la exactitud milimétrica de un torrente desbocado verdaderamente difícil de explicar en una reseña. Esto no es una reseña. No es más que una mala imitación, una copia barata. Es una paja mental ininteligible. Te ha encantado la película y ni siquiera sabes contarla. Ni siquiera sabes cómo decir que te ha encantado. Pero sí que sabes lo que tienes que hacer. Lo sabes perfectamente. Dum-dum-ba-dum-ba-tschh. Dales lo que quieren leer. Lo has hecho muchas veces antes. Solo tienes que chasquear los dedos. Clic.

Si Kurt Vonnegut, padre de la postmodernidad, decía que «La creatividad consiste en estar saltando constantemente desde acantilados y desarrollar alas según caemos», entonces la película de Alejandro González Iñárritu es tan posmoderna, tan metamoderna, tan ferozmente hipermoderna que le da la razón solo en parte. Porque Birdman es temeraria en su idea, pero precisa como un cirujano en su ejecución. Un tour de force por las entrañas del proceso creativo. De cualquier proceso creativo.

Eso es. Una cita de un escritor cool, un par de neologismos y una expresión en francés. Eso es lo que eres. Eso es lo que quiere el lector. Lo que quiere el público. Dum-dum-ba-dum-tschh. Ahí te quedas. Las cosas no se pueden clasificar ni etiquetar porque el mundo no se puede clasificar ni etiquetar. No realmente. Al final, todo son capas que se agregan y se yuxtaponen hasta formar un contorno borroso tan borroso como la realidad. Capas de arrugas. Capas de luz y de color y de movimiento de cámara. Capas de música incidental y diegética. Escritores que hablan de escritura. Directores que hablan de dirigir. Actores que interpretan a actores que quieren ser actores y que se parecen a ellos mismos. Cine que habla de la verdad de la ficción. La reseña de una película que habla de cine que habla de teatro que habla del acto de crear. Todo son capas y las capas se apagan en una pantalla en negro donde aparecen letras separadas que acaban formando palabras.

Y                                               encajan.

———————las

——–todas

————————palabras

Clic.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

La extraña conciencia de Pagan

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Querido Pagán:
A ti te ocurre algo.
Siempre estás gritando, golpeas las puertas cuando te marchas, aunque no pase nada.
No se te entiende cuando hablas.
Solo gritas lo que quieres sin pensar cómo lograrlo.
Tu mirada está perdida, miras más allá de la gente, como si te debieran algo. 
Siempre estás tenso.
Te atascas en los ejemplos y no sacas nada de ellos. 
Quieres enfadarte.
Rompes con todos los que te quieren. Vas dejando el camino lleno de cadáveres. 
Bebes demasiado y sales del bar amenazando a la gente.
Siempre tienes prisa, quieres acabarlo todo rápido, tienes prisa para todo, para nada. Lo que quieres es irte a no hacer nada.
Y lo peor es que no te das cuenta.
Dentro de unos años, 
en un cuarto oscuro de una ciudad desconocida 
y sin que te des cuenta
descubrirás que estás solo, 
que todos se cansaron de ti, 
que no haces nada para disfrutar de tu vida.
Deberías ir al médico o algo así, 
porque de lo contrario…
acabarás mal. (1)

La capacidad para darse cuenta de lo que ocurre es esencial para sostener la vida. Tiene relación con la competencia para atender y concentrarse. También con la experiencia de percibir lo que pasa dentro y fuera de nosotros. La destreza del darse cuenta puede entrenarse como cualquier otra capacidad humana. Sin embargo, no solo depende de la actitud y del ejercicio subjetivo, también tiene que ver con el modo en que el entorno la otorga al individuo. Estamos ante el viejo dilema: ¿la identidad se construye por el sujeto o es otorgada por el clan al que pertenecemos?

Nuestro diseño epigenético es tribal, respondemos a patrones de aprendizaje colectivos (2). En consecuencia, cuando no tenemos estabilidad emocional en nuestro entorno, la percepción se ve distorsionada. La información que falta en el texto está en el contexto. Y si la persona no siente la protección necesaria en su entorno, tendrá más dificultades para percibir cómo se encuentra. En ocasiones la persona percibe el exterior como una experiencia amenazante cuando no se siente suficientemente seguro para entregar la atención y el cuidado de esos peligros a los demás. Algo así como si no tuviera costumbre de que otros velen su sueño mientras duerme y tuviera que hacerlo él mismo.

A menudo el ensimismamiento permanente revela en realidad que el niño o niña siente un abandono que no le deja descansar, que no le permite abandonarse. La hora de irse a dormir es un momento de peligro desde esta perspectiva.  Hay personas que cuando se fatigan descansan y sin embargo, otras personas ante la misma fatiga entran en pánico, como si descansar en la selva, entendida como imagen inconsciente del mundo, fuera ponerse en riesgo y atraer al depredador, quizá de ahí venga la rabia de algunas personas cuando se fatigan.

La desconexión entre la atención hacia el exterior y la que se dirige al interior dificulta el proceso de sincronía (3), entorpece el contraste y la conciliación armónica entre la visión del mí mismo junto a la visión que tiene el otro de mí. Esta falta de integración conlleva una dificultad en la experiencia del darse cuenta de la realidad. Más que no saber algo, el problema de muchas personas es que no saben saberlo, y esto puede deberse a la atención que la persona recibe en su infancia.

En ocasiones, el niño no es suficientemente atendido por sus progenitores. No recibe de modo suficiente la mirada que necesita para sentir que tiene un lugar en el sistema. Podríamos decir que sus adultos de referencia no están disponibles. En consecuencia, se encuentra bajo el hechizo de el «síndrome de la madre muerta» (4) . Suele deberse a que un dolor se ha introducido en la vida de la madre o el padre y les dificulta la atención al niño. Podemos pensar por ejemplo en una situación en la que en los primeros tiempos de la vida de un niño, muere el padre de la madre. Esta experiencia atrae toda la atención de la madre privando al niño de su atención. De este modo, deja de estar disponible, afectando al vínculo entre madre e hijo.

Cuando la generación anterior queda embargada por un dolor o por una experiencia de fuerte estrés que compromete su sobrevivencia es muy probable que interrumpa su propio proceso vital. Incluso pueden llegar a encargar inconscientemente este proceso interrumpido a la siguiente generación, como si fuera una misión. Es como si el padre dijera al hijo: lleva adelante esta empresa familiar o realiza esta carrera universitaria porque a mí no me dio tiempo o no tuve la oportunidad de realizar este deseo.

Hay males que duran cien años y psiques que lo reeditan.
(Catalina Harrsch)

La dificultad para darse cuenta de lo que ocurre, impide a la persona vivir plenamente todos aquellos fenómenos que tienen relación con la satisfacción, el desplazamiento del deseo o la capacidad para calibrar las consecuencias de los propios actos. Todo ello aumenta la tensión interna y favorece que se vierta en los síntomas que son calibrados como anomalías de la atención. Lo cierto es que para cualquier individuo es esencial acceder a un lugar dentro de su sistema familiar y esto se suele hacer mediante el desempeño de comportamientos constructivos. Pero si no logra culminar un proceso de identificación positiva porque el contexto no le deja, tenderá a desarrollar comportamientos inadaptados que atraigan la atención sobre él. Todo antes que el exilio. No siempre es así, no se puede generalizar pero el caso de Pagán describe un proceso de identificación negativa.

Ellos me hablan
pero hace frío
en mi espalda.

Un laberinto
repleto de voces
martillean mi mente.

Silencio y ruido…
paciencia y amenazas…
(Trinidad Ballester)

invi1

Notas:
1. Versión inspirada en el «Bolero para Jaime Gil de Biedma», de José Agustín Goytisolo.
2. Concepto de Conciencia Ecológica en Gregory Bateson. Ver Pasos hacia una ecología de la mente. Publicado en B. Aires. Lolhé Lumen. 1998.
3. Concepto clave en la obra de Carl Jung. Ver El hombre y sus símbolos. Paidós, 1995.
4. André GreenNarcisismo de vida, Narcisismo de muerte. Amorrortu Editores. B. Aires, 1990.

Las 10 cosas

La serie de fotografías Immediate Family de la fotógrafa estadounidense Sally Mann. Las fotos muestran a Emmett, Jessie y Virginia, los hijos de Mann, bañándose en un lago, con un ojo a la virulé, fingiendo fumar, posando como un niño cree que posan los adultos y jugando desnudos al aire libre. Mann fue acusada por ellas de obscena e irresponsable, e incluso una revista de arte de vanguardia como la neoyorquina Artforum rechazó publicar algunas de las imágenes. Decían: «No importa que esas fotos sean inocentes porque hay gente en el mundo que no las mirará inocentemente». Es decir que no importa la realidad sino cómo percibe la realidad el 0,1% más perturbado de la sociedad. Las sesenta y cinco fotos de la serie pueden encontrarse en el libro Immediate Family publicado por la editorial Aperture.

Imagen cortesía de editorial Aperture.

El nuevo Hotel Imperial de Tokyo, diseñado por Frank Lloyd Wright entre 1916 y 1922. El Hotel Imperial es, junto a la Ennis House de Los Ángeles, el mejor ejemplo del llamado revival maya que durante la segunda y la tercera década del siglo pasado recuperó la iconografía y algunos de los elementos arquitectónicos característicos de las culturas precolombinas de la América Central



Foto. Wikicommons.

Lo que sea que esté haciendo esta gente. La fotografía aparece en la contraportada del single Play Let’s Just Lounge del grupo Sun City Girls.



Imagen cortesía de Majora.

El director de la banda de la Universidad de Michigan liderando en 1950 a un grupo de niños en éxtasis. El origen de la leyenda del flautista de Hamelín, posteriormente recuperada por los hermanos Grimm, no está claro y aquellos que la han estudiado barajan varias opciones: los ciento treinta niños se ahogaron en el río Weser el 26 de junio de 1284, fueron reclutados para algún tipo de campaña militar o, más probablemente, abandonaron su localidad natal con el objetivo de colonizar las tierras situadas más allá de la frontera de la actual Alemania oriental. La foto es de Alfred Eisenstaedt.


Foto: Wikicommon


Las fotos del fotógrafo surrealista estadounidense Clarence John Laughlin. La serie de televisión True Detective, Nick Cave y buena parte del gótico sureño le deben la vida.





Las cincuenta marionetas fabricadas por Paul Klee para su hijo Felix entre 1916 y 1925. Una de ellas es un autorretrato.



Imagen cortesía de Charles Fréger.

Los disfraces utilizados en los carnavales africanos y afroamericanos, fotografiados por Phyllis Galembo para su libro Maske.




Los disfraces utilizados en las ceremonias paganas europeas, fotografiados por Charles Fréger para su libroWilder Mann.




La Vía Láctea. Aquí está usted.

Las actrices porno también leen

Dice Kiko Amat en la entrevista a la actriz porno Amarna Miller publicada en esta misma revista hace unas semanas que la chica le parece una persona «articulada» con «intereses variados» más allá del «fornicio». Es decir que Amarna lee. Esto de las actrices porno que leen va camino de convertirse en un cliché del marketing más sobado que el del bifidus de los yogures.

Me pregunto por qué extraña razón creen algunas personas que el hecho de leer aporta un plus de respetabilidad. De hecho, el tópico del interés por la lectura es solo la patita falsamente amable que asoma por debajo de la puerta de un prejuicio paternalista de los de toda la vida: el de que existen personas y profesiones de segunda que necesitan ser tocadas con la varita mágica de la cultura para ganarse el prestigio del que carecen de forma natural. Sasha Grey no es una conocida actriz porno, es una conocida actriz porno que lee cosas. Cosas profundas de la muerte. Filosofía existencialista y tal. Otro que tal es Guardiola. Guardiola no es el entrenador de fútbol más influyente de la última década, un título con el que se conformaría el 99,99% de los mortales, sino un entrenador de fútbol que lee poesía. Por no hablar de nuestros políticos, cuyas supuestas lecturas veraniegas son escogidas por un comité de asesores y consejeros en función de la imagen que desean transmitir en ese momento, generalmente la de un contable de provincias con las oposiciones aprobadas. «¡No, por dios, Christopher Hitchens no! Di mejor que estás leyendo algo de Azaña». Azaña es muy socorrido: sirve tanto para los meapilas analfabestias de la derecha como para los cejijuntos resentidos de la izquierda.

Lo cierto es que a nadie le importa un comino si Sasha Grey o Guardiola o Rajoy leen o no leen. Porque leer, como conducir, lo hace hasta el que casca las nueces con el iPhone. ¡Como si lo importante fuera leer, que es algo para lo que te dan el carnet a los cinco años de edad, y no lo que haces luego con esas lecturas!

Puestos a elaborar rankings de actividades humanas más o menos exquisitas, hagámoslo objetivamente y no basándonos en supersticiones. La siguiente es una lista de tareas de todo tipo ordenadas de mayor a menor dificultad en función del tiempo de estudio que hay que dedicarle al asunto para llevarlo a cabo con más o menos éxito.

1. Escuchar música, follar (cero segundos).

2. Rascarse en el punto exacto en el que te pica (uno o dos segundos).

3. Enroscar bombillas, colgar un cuadro en la pared sin derribarla (un minuto).

4. Conducir (quince horas).

5. Leer en voz alta sin tropezarte con tu propia lengua (cien horas).

6. Escribir novelas, dar mítines y sermones (doscientas horas).

7. Cocinar (mil horas).

8. Operar a corazón abierto, componer sinfonías (cinco mil horas).

9. Escribir claro (diez mil horas).

10. Entender lo que se lee (veinte mil horas).

Los mandriles y los asistentes al Festival Internacional de Benicàssim disponen de la inteligencia necesaria para dominar los puntos 1 y 2 casi a la perfección. La inteligencia de un niño se sitúa en el nivel de las actividades 3, 4 y 5. La de un adolescente, en el nivel 6. La de un casado, en el 7. La de un ser humano, en el 8, 9 y 10.

Hay un momento divertido en la entrevista de Kiko Amat. Empiezan a llegar los primeros comentarios de los lectores, bastante moderados para lo que es habitual en esta casa, y Amarna pide las sales. «Alucinando con la cantidad de haters en los comentarios de la entrevista para Jot Down», dice la actriz en su Twitter. Y remata: «Me resulta curioso. Nunca había sentido tanto odio junto».

Que una actriz de cine porno diga que los comentarios de una revista cultural le parecen agresivos es como para replantearse de cabeza a rabo el esquema de la realidad. Puedo imaginarme a las redactoras de Jot Down meditando meterse en el porno para conseguir ¡al fin! un poco de paz y tranquilidad en sus vidas: «Como lea un solo comentario sarcástico más en mi artículo sobre las categorías funcionales del ámbito oracional en la obra de Virginia Woolf, me follo a veinte gordos puestos en fila india».

Igual a Amarna le interesa conocer lo que escribió en 1847 el filósofo danés Søren Kierkegaard en su diario:

Existe una forma de envidia de la que me he encontrado ejemplos con frecuencia y mediante la cual un individuo intenta conseguir algo por el método de la intimidación. Si, por ejemplo, llego a un lugar donde hay varias personas reunidas, sucede con frecuencia que alguna de ellas se levanta en armas contra mí empezando a reír; presumiblemente, ese individuo se cree que es un representante de la opinión pública. Pero, en cualquier caso: si yo le hago un comentario, esa misma persona se vuelve infinitamente flexible y servicial. Básicamente, esto me dice que esa persona me considera como alguien importante, quizá más importante de lo que soy en realidad. Si esa persona piensa que no va a ser admitida como participante de mi grandeza, entonces al menos se reirá de mí. Pero en cuanto la invito a participar, se convierte en mi defensora. Así es vivir en una comunidad insignificante.

Siete años después, Kierkegaard vuelve a escribir sobre la figura del hater, cuya psicología y manera de pensar continúa siendo tan previsible hoy como lo era hace dos siglos:

Mostrándome que no les importo, o dándole importancia al hecho de que yo sepa que a ellos no les importo, están demostrando dependencia. De hecho, me están demostrando respeto por el método de no demostrarme respeto en absoluto.

Un hater no es más que un fan desconsolado a la búsqueda de tu atención. Esto es así.

El Pelo: mucho que decir?

“Ya no eran trozos de pelo los que estaban en el suelo. Eran sentimientos, ilusiones, amores inconclusos y una amarga realidad.”

Cuando tenía alrededor de 15 años comencé una relación con mi mejor amigo. Al principio, como todo, la relación marchaba de excelente forma. Llegué a pensar que él era el amor de mi vida, pero con el paso del tiempo, las cosas cambiaron de una manera sorprendente. Ya no éramos los mismos que fuimos 3 años atrás.

En el tiempo que estuvimos juntos tuvimos momentos magníficos, sí. Pero sobre todo tuvimos momentos tormentosos. Esto fue lo que hizo que la relación llegara a su fin. Hasta ese momento, nunca me había dado cuenta de que mi imagen reflejaba tantas cosas y sentimientos que guardaba en mi interior. Durante el proceso de duelo, observé en mi rostro el dolor. Y en esa época fue cuando decidí cortarme el pelo, sin saber la importancia que esto tendría para mí.

Cuando me miré en el espejo, vi a alguien nuevo. A partir de ese momento, cambié mi forma de ver las cosas. Una vez superada su partida, decidí dedicarme tiempo a mí misma. Tiempo en el que mi melena volvió a crecer. Tiempo en el que estuve soltera y feliz, y en el que, sin darme cuenta, no volví a cortar ni un sólo centímetro de mi cabello.

Volví al mundo de las citas y conocí a un hombre. Fue todo muy rápido. Desde que nos conocimos, comenzamos a tener un sinfín de citas e infinidad de mensajes de texto. Me enamoré de él, pero tenía miedo de ser lastimada de nuevo, y eso afectó más de lo que jamás hubiese imaginado a la posibilidad de emprender una nueva relación: él decidió alejarse de mí.

Cuando me di cuenta de que lo había perdido, decidí volver a por él, pero ya era demasiado tarde. Él ya tenía a alguien a quien dar el amor que yo no quise recibir.

Sin pensarlo, volví a hacerlo. Nuevamente corté mi cabello. Pero en esta ocasión sabía lo que hacía. O mejor dicho, por qué lo hacía. Ahí estaba yo, frente al espejo. Viendo caer trozos de mi cabello. En mi rostro se reflejaba una sonrisa falsa. En mi estómago ser armaba una revolución de sentimientos amargos y dulces al mismo tiempo. Pasaron unos cuentos segundos en los que mi mente se quedó en blanco. Cuando por fin terminé de cortar mi cabello, me puse en pie y agaché la mirada.

Ya no eran trozos de pelo los que estaban en el suelo. Eran sentimientos, ilusiones, amores inconclusos y una amarga realidad. Me di cuenta de que para mí, la partida de alguien era la tijera que cortaba la ilusión.

Afortunadamente, me recuperé. De momento no he vuelto a cortarme el pelo, y no sé cuándo lo haré. Sólo espero que el día que me lo corte de nuevo, alguien me coja de la mano y me acompañe a hacerlo.