sábado, 7 de febrero de 2015

Birdman o la abrumadora historia de la conciencia

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Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Empecé con eso. ¿Se oía?

Prepárense que empezamos con un solo de batería. Ba-dum-dum-dum-tschh-dum-dum-ba-dum. Una pantalla en negro y letras separadas que aparecen a cada golpe de la caja y el bombo y el tom y el charles y el crash. Poco a poco, sonido a sonido, las letras van formando palabras.

Y las palabras encajan.

Dum-dum-ba-dum-tschh. Son los créditos y son una declaración de intenciones. Hablando de declaración de intenciones, deberías decir lo de los spoilers. No voy a decir nada de los spoilers; da igual que los lectores conozcan la trama. Para comprender, incluso para disfrutar la película, tienen que verla. Además, la trama podría contarse en cuarenta y cinco palabras. Si no lo dices, se van a enfadar. Está bien.

LA SIGUIENTE RESEÑA CONTIENE SPOILERS QUE NO DESENTRAÑAN LA TRAMA

Porque, ¿tiene trama el último filme de Alejandro González Iñárritu? Sí, claro que la tiene. Y es muy sencilla, ni siquiera es especialmente original: una antigua estrella de cine quiere redimirse de su pasado hollywodiense montando, dirigiendo y protagonizando una obra de teatro seria. Los preparativos de la obra servirán para que, en una serie de catarsis, el protagonista se comprenda a sí mismo y la vida que le rodea. ¿Ven? cuarenta y cinco palabras. Han sido cuarenta y seis, y eso no es una trama, ni siquiera es una sinopsis. Es apenas un esbozo. Dum-tschh-dum-tschh-tschh-ba-dum. 

El protagonista es Riggan Thomson, un antiguo actor de Hollywood que, cumplidos los sesenta, quiere demostrar al mundo que no es solamente la estrella de una serie de películas de superhéroes de hace veinte años —el epónimo Birdman—, sino que es un actor de verdad. Un actor de teatro. De Broadway. Y la obra que adapta es, ni más ni menos que De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Intimista, profunda, seria. Sin artificios ni concesiones; alejada una galaxia de los blockbusters que Thomson ha interpretado. Una obra que habla de los Grandes Temas. ¿Y no hablan todas las obras de los Grandes Temas? Dum-dum-tschh-tschh-dum. A su lado, un actor joven de los de verdad. Tan de verdad que solo es de verdad cuando está en el escenario. Tan de verdad que la crítica nunca ha podido encontrarle una mala interpretación. La primera actriz de la obra es una actriz de Hollywood en plenitud, pero que está tan emocionada como aterrorizada por actuar en las tablas de Broadway. La segunda actriz es la nueva pareja de Thomson, a quien el protagonista trata como un molesto mosquito. Tschh-tschh-ba-dum-dum. Algo parecido puede decirse de la hija de Thomson, adicta recién rehabilitada que hace las veces de su asistente personal; o incluso del productor teatral, prácticamente el único amigo del protagonista y que hará todo lo posible para que la obra llegue a buen puerto. O a cualquier puerto. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y Birdman. La imagen del superhéroe que persigue al actor hasta el punto de que nadie le reconoce por otro papel. Hasta el punto de que solo le reconocen los que vieron sus películas hace veinte años. Ni sus hijos ni sus sobrinos ni la gente que tiene Twitter o Facebook o Instagram, porque Thomson no tiene ni Twitter ni Facebook ni Instagram porque no quiere vivir en el pasado pero no sabe vivir en el presente. Ba-dum-dum-tschh-dum. Birdman le persigue y, cuando están solos, le habla y le concede poderes sobrenaturales. No se los concede. Iñárritu no lo llega a dejar claro. No del todo. Birdman le persigue en el camerino y por las calles de Nueva York. Thomson no está preparado para ser un actor de teatro. No está preparado para ser un actor de verdad. Pertenece a los blockbusters de Hollywood. Pertenece a su pasado. Pertenece al público. Pertenece a Birdman. Tschh-tschh-dum.

Pero Riggan Thomson quiere acabar su viaje y demostrar que es más que Birdman. Que no es Birdman. ¿Y a quién se lo quiere demostrar? ¿Al público? ¿A su público? ¿A su exmujer que le abandonó porque Thomson fue un imbécil con ella como lo es con todos los demás? ¿A Birdman? ¿A él? A él, claro. El viaje del protagonista es un viaje a través del ego de un hombre que solo tiene ego. De un hombre que solo ve el mundo detrás de sus propios ojos. Todos vemos el mundo detrás de nuestros propios ojos. Un hombre que confunde el amor con la admiración y que solo respeta a quien admira o a quien teme. ¿No lo hacemos todos? No. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

El protagonista es Michael Keaton, un actor de Hollywood que hace de actor de Hollywood que quiere ser actor de teatro, que tiene sesenta y tres años y al que casi todos conocemos por haber sido Batman hace ya dos décadas. El segundo actor es Edward Norton, uno de los intérpretes mejor considerados por la crítica mundial. De los pocos de su generación que es un actor de verdad, y que hace de un actor de verdad; pero que, por otro lado, fue El Increíble Hulk. Ba-dum-dum-dum-ba-tschhh. La primera actriz es Naomi Watts, con las arrugas de la plenitud. La hija es Emma Stone, cínica y descreída. Demasiado autoconsciente para la edad que tiene, demasiado dolida como para creer en padres ni mucho menos en superhéroes. ¿Hablas de Stone o de su personaje? De su personaje, Stone ha sido la novia de Spiderman hace nada. Y el productor es Zach Galifianakis, tantas veces tarado y resacoso pero que aquí es el único personaje sensato y centrado del filme. Dum-tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y los asistentes, los sastres, los tramoyistas, la gente que pasea por Times Square, incluso la despiadada crítica del New York Times se balancean y gravitan y se arremolinan y revolotean alrededor de Riggan Thomson, que corre y salta y pelea y llora y rompe y se emborracha y camina en calzoncillos bajo las alas de Birdman, en busca de la verdad que está en fondo de lo más falso. Del teatro. Siempre bajo las alas de Birdman. Ba-dum-dum-tschh-dum.

Y todos ellos gravitan y revolotean alrededor de las arrugas de Michael Keaton, que juega a su antojo con lo falso y con lo verdadero, y hace creíble un personaje que es falso en cuanto se sube al escenario. Las arrugas de los calzoncillos de Edward Norton, que nos convence de que es falso cuando es hombre y verdadero cuando es actor. Las arrugas de Naomi Watt, cuarenta y seis años de plenitud y de miedo escénico. Las onduladas arrugas en el alma de Amy Ryan, compasiva con su exmarido, pese a todo. Las arrugas en los ojos de Emma Stone, cansados de mirar apenas cumplidos los veinticinco. Y las feroces arrugas de Lindsay Duncan, implacable con quien quiere usurpar la verdad del teatro, visceral y sanguínea, desde la brillantina de Hollywood: «Eres una celebridad, no un actor». 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Y todos ellos se balancean en diálogos que flotan como avispas y golpean como mariposas. Tan leves y tan corpulentos que han necesitado ocho manos para emerger. Las del propio Iñárritu y las de Nicolás GiacoboneAlexander Dinelaris y Armando Bo.

Y todos ellos revolotean alrededor de la música del formidable baterista Antonio Sánchez, que bombardea desde el primer al último minuto del metraje sin que nunca sepamos si es diegética o extradiegética. Sin que terminemos de saber si solo la escuchamos en el cine mientras vemos a Keaton o golpea desde el decorado que envuelve el viaje de Thomson y Birdman. Tschh-tschh-dum-ba-dum.

Y todos se arremolinan delante de la lente de Emmanuel Lubezki, hipercromática, profunda y descarnada. Desde el cielo blanco de Manhattan y las guindillas multicolores de una licorería hasta el último milímetro de la última arruga de la cara de Michael Keaton.

Y la cámara. Tschh-tschh-ba-dum-dum. La cámara de González Iñárritu gravita alrededor de todos y de todo en un único plano-secuencia continuo. Ni es un único plano-secuencia ni es continuo. No, no lo es, pero Iñárritu nos hace creer que lo es diciéndonos a la cara que no lo es. Corta el plano cuando no debería haber cámara y fluye suavemente en días y noches como si fueran fracciones de segundo. Enlaza el paseo con la catarsis sin solución de continuidad. Sí que hay discontinuidades. Es verdad, cuando corta el plano y pone la cámara donde no es posible que hubiese una cámara: en una playa llena de medusas. Quizá así transcurre la vida a través de nuestros ojos, en un plano-secuencia donde todo es real incluso cuando no lo es. 

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

Quizá de eso van todos los actos creativos: de convencer de que algo es algo mientras decimos que no lo es. Quizá Birdman habla de Iñárritu, de rodar en Hollywood con estrellas de Hollywood hablando de Hollywood sin estar en Hollywood y alejándose lo máximo posible de Hollywood. De la dificultad de convencer a todo el mundo. De la dificultad de contentar a todo el mundo. De la dificultad de convencerse a uno mismo. Dum-ba-dum-tschh-tschh.

Quizá de eso van las Grandes Obras: de tomar una idea libre y fresca y llevarla a sus últimos extremos. Con la abrumadora consciencia de lo que se hace. Con la exactitud milimétrica de un torrente desbocado verdaderamente difícil de explicar en una reseña. Esto no es una reseña. No es más que una mala imitación, una copia barata. Es una paja mental ininteligible. Te ha encantado la película y ni siquiera sabes contarla. Ni siquiera sabes cómo decir que te ha encantado. Pero sí que sabes lo que tienes que hacer. Lo sabes perfectamente. Dum-dum-ba-dum-ba-tschh. Dales lo que quieren leer. Lo has hecho muchas veces antes. Solo tienes que chasquear los dedos. Clic.

Si Kurt Vonnegut, padre de la postmodernidad, decía que «La creatividad consiste en estar saltando constantemente desde acantilados y desarrollar alas según caemos», entonces la película de Alejandro González Iñárritu es tan posmoderna, tan metamoderna, tan ferozmente hipermoderna que le da la razón solo en parte. Porque Birdman es temeraria en su idea, pero precisa como un cirujano en su ejecución. Un tour de force por las entrañas del proceso creativo. De cualquier proceso creativo.

Eso es. Una cita de un escritor cool, un par de neologismos y una expresión en francés. Eso es lo que eres. Eso es lo que quiere el lector. Lo que quiere el público. Dum-dum-ba-dum-tschh. Ahí te quedas. Las cosas no se pueden clasificar ni etiquetar porque el mundo no se puede clasificar ni etiquetar. No realmente. Al final, todo son capas que se agregan y se yuxtaponen hasta formar un contorno borroso tan borroso como la realidad. Capas de arrugas. Capas de luz y de color y de movimiento de cámara. Capas de música incidental y diegética. Escritores que hablan de escritura. Directores que hablan de dirigir. Actores que interpretan a actores que quieren ser actores y que se parecen a ellos mismos. Cine que habla de la verdad de la ficción. La reseña de una película que habla de cine que habla de teatro que habla del acto de crear. Todo son capas y las capas se apagan en una pantalla en negro donde aparecen letras separadas que acaban formando palabras.

Y                                               encajan.

———————las

——–todas

————————palabras

Clic.

Imagen: New Regency Pictures/ Twentieth Century Fox Film Corporation.

La extraña conciencia de Pagan

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Querido Pagán:
A ti te ocurre algo.
Siempre estás gritando, golpeas las puertas cuando te marchas, aunque no pase nada.
No se te entiende cuando hablas.
Solo gritas lo que quieres sin pensar cómo lograrlo.
Tu mirada está perdida, miras más allá de la gente, como si te debieran algo. 
Siempre estás tenso.
Te atascas en los ejemplos y no sacas nada de ellos. 
Quieres enfadarte.
Rompes con todos los que te quieren. Vas dejando el camino lleno de cadáveres. 
Bebes demasiado y sales del bar amenazando a la gente.
Siempre tienes prisa, quieres acabarlo todo rápido, tienes prisa para todo, para nada. Lo que quieres es irte a no hacer nada.
Y lo peor es que no te das cuenta.
Dentro de unos años, 
en un cuarto oscuro de una ciudad desconocida 
y sin que te des cuenta
descubrirás que estás solo, 
que todos se cansaron de ti, 
que no haces nada para disfrutar de tu vida.
Deberías ir al médico o algo así, 
porque de lo contrario…
acabarás mal. (1)

La capacidad para darse cuenta de lo que ocurre es esencial para sostener la vida. Tiene relación con la competencia para atender y concentrarse. También con la experiencia de percibir lo que pasa dentro y fuera de nosotros. La destreza del darse cuenta puede entrenarse como cualquier otra capacidad humana. Sin embargo, no solo depende de la actitud y del ejercicio subjetivo, también tiene que ver con el modo en que el entorno la otorga al individuo. Estamos ante el viejo dilema: ¿la identidad se construye por el sujeto o es otorgada por el clan al que pertenecemos?

Nuestro diseño epigenético es tribal, respondemos a patrones de aprendizaje colectivos (2). En consecuencia, cuando no tenemos estabilidad emocional en nuestro entorno, la percepción se ve distorsionada. La información que falta en el texto está en el contexto. Y si la persona no siente la protección necesaria en su entorno, tendrá más dificultades para percibir cómo se encuentra. En ocasiones la persona percibe el exterior como una experiencia amenazante cuando no se siente suficientemente seguro para entregar la atención y el cuidado de esos peligros a los demás. Algo así como si no tuviera costumbre de que otros velen su sueño mientras duerme y tuviera que hacerlo él mismo.

A menudo el ensimismamiento permanente revela en realidad que el niño o niña siente un abandono que no le deja descansar, que no le permite abandonarse. La hora de irse a dormir es un momento de peligro desde esta perspectiva.  Hay personas que cuando se fatigan descansan y sin embargo, otras personas ante la misma fatiga entran en pánico, como si descansar en la selva, entendida como imagen inconsciente del mundo, fuera ponerse en riesgo y atraer al depredador, quizá de ahí venga la rabia de algunas personas cuando se fatigan.

La desconexión entre la atención hacia el exterior y la que se dirige al interior dificulta el proceso de sincronía (3), entorpece el contraste y la conciliación armónica entre la visión del mí mismo junto a la visión que tiene el otro de mí. Esta falta de integración conlleva una dificultad en la experiencia del darse cuenta de la realidad. Más que no saber algo, el problema de muchas personas es que no saben saberlo, y esto puede deberse a la atención que la persona recibe en su infancia.

En ocasiones, el niño no es suficientemente atendido por sus progenitores. No recibe de modo suficiente la mirada que necesita para sentir que tiene un lugar en el sistema. Podríamos decir que sus adultos de referencia no están disponibles. En consecuencia, se encuentra bajo el hechizo de el «síndrome de la madre muerta» (4) . Suele deberse a que un dolor se ha introducido en la vida de la madre o el padre y les dificulta la atención al niño. Podemos pensar por ejemplo en una situación en la que en los primeros tiempos de la vida de un niño, muere el padre de la madre. Esta experiencia atrae toda la atención de la madre privando al niño de su atención. De este modo, deja de estar disponible, afectando al vínculo entre madre e hijo.

Cuando la generación anterior queda embargada por un dolor o por una experiencia de fuerte estrés que compromete su sobrevivencia es muy probable que interrumpa su propio proceso vital. Incluso pueden llegar a encargar inconscientemente este proceso interrumpido a la siguiente generación, como si fuera una misión. Es como si el padre dijera al hijo: lleva adelante esta empresa familiar o realiza esta carrera universitaria porque a mí no me dio tiempo o no tuve la oportunidad de realizar este deseo.

Hay males que duran cien años y psiques que lo reeditan.
(Catalina Harrsch)

La dificultad para darse cuenta de lo que ocurre, impide a la persona vivir plenamente todos aquellos fenómenos que tienen relación con la satisfacción, el desplazamiento del deseo o la capacidad para calibrar las consecuencias de los propios actos. Todo ello aumenta la tensión interna y favorece que se vierta en los síntomas que son calibrados como anomalías de la atención. Lo cierto es que para cualquier individuo es esencial acceder a un lugar dentro de su sistema familiar y esto se suele hacer mediante el desempeño de comportamientos constructivos. Pero si no logra culminar un proceso de identificación positiva porque el contexto no le deja, tenderá a desarrollar comportamientos inadaptados que atraigan la atención sobre él. Todo antes que el exilio. No siempre es así, no se puede generalizar pero el caso de Pagán describe un proceso de identificación negativa.

Ellos me hablan
pero hace frío
en mi espalda.

Un laberinto
repleto de voces
martillean mi mente.

Silencio y ruido…
paciencia y amenazas…
(Trinidad Ballester)

invi1

Notas:
1. Versión inspirada en el «Bolero para Jaime Gil de Biedma», de José Agustín Goytisolo.
2. Concepto de Conciencia Ecológica en Gregory Bateson. Ver Pasos hacia una ecología de la mente. Publicado en B. Aires. Lolhé Lumen. 1998.
3. Concepto clave en la obra de Carl Jung. Ver El hombre y sus símbolos. Paidós, 1995.
4. André GreenNarcisismo de vida, Narcisismo de muerte. Amorrortu Editores. B. Aires, 1990.

Las 10 cosas

La serie de fotografías Immediate Family de la fotógrafa estadounidense Sally Mann. Las fotos muestran a Emmett, Jessie y Virginia, los hijos de Mann, bañándose en un lago, con un ojo a la virulé, fingiendo fumar, posando como un niño cree que posan los adultos y jugando desnudos al aire libre. Mann fue acusada por ellas de obscena e irresponsable, e incluso una revista de arte de vanguardia como la neoyorquina Artforum rechazó publicar algunas de las imágenes. Decían: «No importa que esas fotos sean inocentes porque hay gente en el mundo que no las mirará inocentemente». Es decir que no importa la realidad sino cómo percibe la realidad el 0,1% más perturbado de la sociedad. Las sesenta y cinco fotos de la serie pueden encontrarse en el libro Immediate Family publicado por la editorial Aperture.

Imagen cortesía de editorial Aperture.

El nuevo Hotel Imperial de Tokyo, diseñado por Frank Lloyd Wright entre 1916 y 1922. El Hotel Imperial es, junto a la Ennis House de Los Ángeles, el mejor ejemplo del llamado revival maya que durante la segunda y la tercera década del siglo pasado recuperó la iconografía y algunos de los elementos arquitectónicos característicos de las culturas precolombinas de la América Central



Foto. Wikicommons.

Lo que sea que esté haciendo esta gente. La fotografía aparece en la contraportada del single Play Let’s Just Lounge del grupo Sun City Girls.



Imagen cortesía de Majora.

El director de la banda de la Universidad de Michigan liderando en 1950 a un grupo de niños en éxtasis. El origen de la leyenda del flautista de Hamelín, posteriormente recuperada por los hermanos Grimm, no está claro y aquellos que la han estudiado barajan varias opciones: los ciento treinta niños se ahogaron en el río Weser el 26 de junio de 1284, fueron reclutados para algún tipo de campaña militar o, más probablemente, abandonaron su localidad natal con el objetivo de colonizar las tierras situadas más allá de la frontera de la actual Alemania oriental. La foto es de Alfred Eisenstaedt.


Foto: Wikicommon


Las fotos del fotógrafo surrealista estadounidense Clarence John Laughlin. La serie de televisión True Detective, Nick Cave y buena parte del gótico sureño le deben la vida.





Las cincuenta marionetas fabricadas por Paul Klee para su hijo Felix entre 1916 y 1925. Una de ellas es un autorretrato.



Imagen cortesía de Charles Fréger.

Los disfraces utilizados en los carnavales africanos y afroamericanos, fotografiados por Phyllis Galembo para su libro Maske.




Los disfraces utilizados en las ceremonias paganas europeas, fotografiados por Charles Fréger para su libroWilder Mann.




La Vía Láctea. Aquí está usted.

Las actrices porno también leen

Dice Kiko Amat en la entrevista a la actriz porno Amarna Miller publicada en esta misma revista hace unas semanas que la chica le parece una persona «articulada» con «intereses variados» más allá del «fornicio». Es decir que Amarna lee. Esto de las actrices porno que leen va camino de convertirse en un cliché del marketing más sobado que el del bifidus de los yogures.

Me pregunto por qué extraña razón creen algunas personas que el hecho de leer aporta un plus de respetabilidad. De hecho, el tópico del interés por la lectura es solo la patita falsamente amable que asoma por debajo de la puerta de un prejuicio paternalista de los de toda la vida: el de que existen personas y profesiones de segunda que necesitan ser tocadas con la varita mágica de la cultura para ganarse el prestigio del que carecen de forma natural. Sasha Grey no es una conocida actriz porno, es una conocida actriz porno que lee cosas. Cosas profundas de la muerte. Filosofía existencialista y tal. Otro que tal es Guardiola. Guardiola no es el entrenador de fútbol más influyente de la última década, un título con el que se conformaría el 99,99% de los mortales, sino un entrenador de fútbol que lee poesía. Por no hablar de nuestros políticos, cuyas supuestas lecturas veraniegas son escogidas por un comité de asesores y consejeros en función de la imagen que desean transmitir en ese momento, generalmente la de un contable de provincias con las oposiciones aprobadas. «¡No, por dios, Christopher Hitchens no! Di mejor que estás leyendo algo de Azaña». Azaña es muy socorrido: sirve tanto para los meapilas analfabestias de la derecha como para los cejijuntos resentidos de la izquierda.

Lo cierto es que a nadie le importa un comino si Sasha Grey o Guardiola o Rajoy leen o no leen. Porque leer, como conducir, lo hace hasta el que casca las nueces con el iPhone. ¡Como si lo importante fuera leer, que es algo para lo que te dan el carnet a los cinco años de edad, y no lo que haces luego con esas lecturas!

Puestos a elaborar rankings de actividades humanas más o menos exquisitas, hagámoslo objetivamente y no basándonos en supersticiones. La siguiente es una lista de tareas de todo tipo ordenadas de mayor a menor dificultad en función del tiempo de estudio que hay que dedicarle al asunto para llevarlo a cabo con más o menos éxito.

1. Escuchar música, follar (cero segundos).

2. Rascarse en el punto exacto en el que te pica (uno o dos segundos).

3. Enroscar bombillas, colgar un cuadro en la pared sin derribarla (un minuto).

4. Conducir (quince horas).

5. Leer en voz alta sin tropezarte con tu propia lengua (cien horas).

6. Escribir novelas, dar mítines y sermones (doscientas horas).

7. Cocinar (mil horas).

8. Operar a corazón abierto, componer sinfonías (cinco mil horas).

9. Escribir claro (diez mil horas).

10. Entender lo que se lee (veinte mil horas).

Los mandriles y los asistentes al Festival Internacional de Benicàssim disponen de la inteligencia necesaria para dominar los puntos 1 y 2 casi a la perfección. La inteligencia de un niño se sitúa en el nivel de las actividades 3, 4 y 5. La de un adolescente, en el nivel 6. La de un casado, en el 7. La de un ser humano, en el 8, 9 y 10.

Hay un momento divertido en la entrevista de Kiko Amat. Empiezan a llegar los primeros comentarios de los lectores, bastante moderados para lo que es habitual en esta casa, y Amarna pide las sales. «Alucinando con la cantidad de haters en los comentarios de la entrevista para Jot Down», dice la actriz en su Twitter. Y remata: «Me resulta curioso. Nunca había sentido tanto odio junto».

Que una actriz de cine porno diga que los comentarios de una revista cultural le parecen agresivos es como para replantearse de cabeza a rabo el esquema de la realidad. Puedo imaginarme a las redactoras de Jot Down meditando meterse en el porno para conseguir ¡al fin! un poco de paz y tranquilidad en sus vidas: «Como lea un solo comentario sarcástico más en mi artículo sobre las categorías funcionales del ámbito oracional en la obra de Virginia Woolf, me follo a veinte gordos puestos en fila india».

Igual a Amarna le interesa conocer lo que escribió en 1847 el filósofo danés Søren Kierkegaard en su diario:

Existe una forma de envidia de la que me he encontrado ejemplos con frecuencia y mediante la cual un individuo intenta conseguir algo por el método de la intimidación. Si, por ejemplo, llego a un lugar donde hay varias personas reunidas, sucede con frecuencia que alguna de ellas se levanta en armas contra mí empezando a reír; presumiblemente, ese individuo se cree que es un representante de la opinión pública. Pero, en cualquier caso: si yo le hago un comentario, esa misma persona se vuelve infinitamente flexible y servicial. Básicamente, esto me dice que esa persona me considera como alguien importante, quizá más importante de lo que soy en realidad. Si esa persona piensa que no va a ser admitida como participante de mi grandeza, entonces al menos se reirá de mí. Pero en cuanto la invito a participar, se convierte en mi defensora. Así es vivir en una comunidad insignificante.

Siete años después, Kierkegaard vuelve a escribir sobre la figura del hater, cuya psicología y manera de pensar continúa siendo tan previsible hoy como lo era hace dos siglos:

Mostrándome que no les importo, o dándole importancia al hecho de que yo sepa que a ellos no les importo, están demostrando dependencia. De hecho, me están demostrando respeto por el método de no demostrarme respeto en absoluto.

Un hater no es más que un fan desconsolado a la búsqueda de tu atención. Esto es así.

El Pelo: mucho que decir?

“Ya no eran trozos de pelo los que estaban en el suelo. Eran sentimientos, ilusiones, amores inconclusos y una amarga realidad.”

Cuando tenía alrededor de 15 años comencé una relación con mi mejor amigo. Al principio, como todo, la relación marchaba de excelente forma. Llegué a pensar que él era el amor de mi vida, pero con el paso del tiempo, las cosas cambiaron de una manera sorprendente. Ya no éramos los mismos que fuimos 3 años atrás.

En el tiempo que estuvimos juntos tuvimos momentos magníficos, sí. Pero sobre todo tuvimos momentos tormentosos. Esto fue lo que hizo que la relación llegara a su fin. Hasta ese momento, nunca me había dado cuenta de que mi imagen reflejaba tantas cosas y sentimientos que guardaba en mi interior. Durante el proceso de duelo, observé en mi rostro el dolor. Y en esa época fue cuando decidí cortarme el pelo, sin saber la importancia que esto tendría para mí.

Cuando me miré en el espejo, vi a alguien nuevo. A partir de ese momento, cambié mi forma de ver las cosas. Una vez superada su partida, decidí dedicarme tiempo a mí misma. Tiempo en el que mi melena volvió a crecer. Tiempo en el que estuve soltera y feliz, y en el que, sin darme cuenta, no volví a cortar ni un sólo centímetro de mi cabello.

Volví al mundo de las citas y conocí a un hombre. Fue todo muy rápido. Desde que nos conocimos, comenzamos a tener un sinfín de citas e infinidad de mensajes de texto. Me enamoré de él, pero tenía miedo de ser lastimada de nuevo, y eso afectó más de lo que jamás hubiese imaginado a la posibilidad de emprender una nueva relación: él decidió alejarse de mí.

Cuando me di cuenta de que lo había perdido, decidí volver a por él, pero ya era demasiado tarde. Él ya tenía a alguien a quien dar el amor que yo no quise recibir.

Sin pensarlo, volví a hacerlo. Nuevamente corté mi cabello. Pero en esta ocasión sabía lo que hacía. O mejor dicho, por qué lo hacía. Ahí estaba yo, frente al espejo. Viendo caer trozos de mi cabello. En mi rostro se reflejaba una sonrisa falsa. En mi estómago ser armaba una revolución de sentimientos amargos y dulces al mismo tiempo. Pasaron unos cuentos segundos en los que mi mente se quedó en blanco. Cuando por fin terminé de cortar mi cabello, me puse en pie y agaché la mirada.

Ya no eran trozos de pelo los que estaban en el suelo. Eran sentimientos, ilusiones, amores inconclusos y una amarga realidad. Me di cuenta de que para mí, la partida de alguien era la tijera que cortaba la ilusión.

Afortunadamente, me recuperé. De momento no he vuelto a cortarme el pelo, y no sé cuándo lo haré. Sólo espero que el día que me lo corte de nuevo, alguien me coja de la mano y me acompañe a hacerlo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Uff vaya viajecito

Roger Ebert, 2010. Fotografía: Corbis.

I. 

La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito! (Hunter S. Thompson).

Roger Ebert estuvo inmensamente gordo, ganó un Pulitzer como crítico de cine, fue alcohólico, publicó más de veinte libros (incluyendo uno sobre cómo dar un paseo perfecto por Londres), se casó con una mujer negra pese a las voces en contra, presentó un programa de cine en televisión que reventó los índices de audiencia, acuñó el ya universal símbolo de «Two thumbs up» (dos pulgares levantados) para recomendar una película, probó todo tipo de sustancias euforizantes, escribió el guion para un película erótica del simpar Russ Meyer, paró unas rotativas en el sentido más literal de la expresión, le pagaron un dineral por ir al cine, conoció los mejores sitios de Cannes, discutió sobre masturbación con el embajador de Grecia frente a un auditorio lleno, adelgazó, engordó de nuevo, sobrevivió a un cáncer de tiroides, le extirparon la mandíbula perdiendo la capacidad de hablar, beber o comer, escribió un guion para los Sex PistolsWerner Herzog le dedicó una película, Martin Scorsese dice que le debe la vida, fue portada de Esquire, una canción de Leonard Cohen le salvó la vida, participó más de trescientas veces en el histórico concurso semanal de la viñeta de cómic del New Yorker (ganando, por fin, el 11 de abril de 2011), estuvo postrado en una silla de ruedas, aprendió a alimentarse por succión y a andar de nuevo, escribió su autobiografía, rodaron un documental sobre su vida y participó en una Ted Talk hablando a través de un Mac.

Si uno se para por un instante a contemplar la vida de Roger Ebert, cualquiera diría que vivió sus días con la frase de Hunter S. Thompson tatuada en una nalga.

II. 

Pero empecemos por el principio que, en el caso de un escritor, es ese momento en el que empieza a ver publicados textos bajo su nombre. El resto hasta entonces no es más que el naufragio que le lleva a esa isla desierta, paradisiaca e inclemente que es la escritura. 

Roger Ebert siempre sintió esa punzante obsesión por escribir y por ver su nombre en negro sobre blanco. Tras colaborar en pequeños periódicos locales, pronto ese jovenzuelo arrogante, con evidente sobrepeso, gafas de pasta y sempiternamente vestido con chaqueta y chaleco, se convertiría en el director del periódico de su universidad, The Daily Illini, donde ya empezaría a dar muestras de ese carácter insolente y algo déspota tan presente a lo largo su carrera, y donde también dejaría ver gotas de ese prodigioso talento suyo para escribir con la violencia y rapidez de una tormenta, fast & furious, y de su precoz forma de entender el honor dentro del periodismo.

Hay una anécdota que refleja bien la madera de periodista del jovencísimo Ebert: la noche en la que fue asesinado Kennedy, llegó a la redacción del periódico para trabajar con urgencia en el especial sobre el magnicidio. Cuando comprobó uno de los ejemplares, recién salido de la imprenta, Ebert observó que en la página contigua a la fotografía de Kennedy aparecía un anuncio con un peregrino apuntando con un arcabuz a un pavo (Acción de Gracias era apenas una semana después) y cuya trayectoria seguía a la cabeza de Kennedy. Una broma macabra del destino. «No podemos publicar esto» dijo Ebert con el periódico aún sudando tinta. Y mandó parar las rotativas. 

«A man´s gotta have a code», que diría Omar Little.

Al salir de la universidad, consiguió un puesto como redactor en el Chicago Sun-Times y, al poco tiempo, se hizo cargo de la columna de crítica de cine. 

Y ahí se hizo leyenda.

Porque para que te den un Pulitzer, tienes que ser muy bueno. Pero para que te den un Pulitzer haciendo crítica de cine, tienes que ser cojonudo.

III. 

Los días de vino y rosas para Ebert comenzaron en 1975, con el Pulitzer ya en la estantería, cuando la WTTW, la cadena pública de Chicago, tuvo la kamikaze ocurrencia de crear un programa de televisión llamado Siskel & EbertGene Siskel era el crítico de cine del Chicago Tribune, la competencia del Chicago Sun-Times, la casa de Ebert. El Tribune es un periódico más asociado al Partido Republicano y a las clases medio-altas de la ciudad. El Sun-Times, por su parte, se posiciona más en la línea del Partido Demócrata, llegando a un público más heterogéneo. Siskel y Ebert eran, por tanto, encarnizados rivales, las caras visibles de dos colosos del periodismo, y desde luego no sentían una particular simpatía el uno por el otro. Cada semana se dejaban sangre, sudor y lágrimas desde sus respectivas tribunas para publicar una crítica mejor que la de su rival directo.

No obstante, y pese a las numerosas reticencias iniciales de ambos, les convencieron para empezar juntos el programa, que acabaría resultando un arrollador éxito y convirtiéndose en uno de los programas más icónicos de la televisión norteamericana. La fórmula era bien sencilla: los dos críticos principales de cine de la ciudad de Chicago se sentaban en un patio de butacas y hablaban (o discutían ferozmente) sobre películas de cine. Sus caracteres eran antagónicos, lo que hizo que el programa tuviera tintes de sit com o de buddy film, con dos personas de perfiles muy distintos trabajando juntos, discutiendo sobre casi todo, pero que en el fondo se guardan aprecio y una sincera admiración. Muchas de sus encendidas disputas por ciertas películas fueron célebres, como en el caso de La chaqueta metálica o El precio del poder, intentando cada uno imponer su opinión al otro.

Hay una frase de Jonathan Lethem en su libro de ensayos The Dissapointment Artist que refleja muy bien esa imperiosa necesidad de Ebert y Siskel por persuadir al otro y, por extensión, a la audiencia. Sus discusiones nunca eran por una película o un director en concreto. Eran por algo que iba mucho más allá.

Por favor, deja de decir que me quieres porque si no te gusta esa película no me quieres, porque yo soy esa película, esa película soy yo.

Los choques de ego eran continuos. Discutían hasta por el orden del nombre del programa Siskel & Ebert. Roger Ebert mantenía firmemente que su apellido debía de aparecer en primer lugar por los siguientes motivos:

1. Era mayor.

2. «Ebert» está antes que «Siskel» alfabéticamente hablando.

3. Llevaba más tiempo siendo crítico de cine.

4. Tenía un fucking Pulitzer.

Sus discusiones generalmente tenían un trasfondo infantil, para desesperación de los productores, que contemplaban con cierta impotencia las pullas que se lanzaban continuamente los dos presentadores, generalmente asociadas al plano físico (el sobrepeso de Ebert vs. la alopecia de Siskel), sin que nadie pudiera hacer nada por aligerar la situación.

Así lo cuenta en su brillante autobiografía, Life itself: A Memoir, el propio Ebert: «Los dos teníamos una relación más de hermanos que de amigos. Nuestro problema era que ambos nos creíamos el hermano mayor». 

Llegaron a constituir una pareja tan cómica, tan El Gordo y El Flaco, que hasta Disney inició conversaciones con ellos para hacer una película de animación sobre dos críticos de cine siempre a la gresca, bajo el título Best enemies, basada en sus personajes.

El programa fue pasando meteóricamente de la cadena pública de Chicago a cadenas nacionales e internacionales, y Siskel y Ebert (o Ebert y Siskel) se mantuvieron discutiendo en antena desde 1975 hasta 1999, cuando llegó la muerte inesperada de Siskel. 

Tremendamente populares se convirtieron sus críticas corrosivas de los bodrios cinematográficos que se veían abocados a visionar cada semana y en las que se podía paladear el finísimo y letal sentido del humor de Ebert. Sus recopilaciones anuales con «Lo peor del año…» eran las más esperadas del programa. Muchas de esas desternillantes críticas de Roger Ebert han sido recopiladas en varios de sus libros como Your movie sucks o I hated, hated, hated this movie, cuyos títulos pueden dar una pista del amor que rezuman las críticas seleccionadas.

Aquí están algunos de mis ebertismos favoritos:

Pearl Harbor 

Pearl Harbor es una película de tres horas que trata sobre cómo, un 7 de diciembre de 1941, unos desalmados japoneses lanzaron un ataque sorpresa sobre un triángulo de amor americano.

Princesa por sorpresa 2

He pasado la mayor parte de mi vida, desde mi nacimiento hasta este preciso momento, evolucionando en ese tipo de persona a la que es imposible que le pueda gustar una película así, y me gusta pensar que el esfuerzo no ha sido en vano.

Campo de batalla: la Tierra

Esta obra de Travolta es como ir en el autobús con alguien que realmente necesita darse un baño desde hace mucho tiempo. No es simplemente algo malo; es desagradable de una forma hostil.

Cocodrilo Dundee en Los Ángeles

He visto auditorías más emocionantes que esta película.

El aguador

¿Tengo algo visceral en contra de Adam Sandler? Espero que no. Trato de mantener una mente abierta y acercarme a cada una de sus películas con grandes esperanzas. Me daría una enorme satisfacción (y alivio) que me gustara en una película. Pero creo que está cometiendo un enorme error táctico en su carrera creando personajes que cuando hablan tienen el efecto de unas uñas en la pizarra, y pretender que nos quedemos durante toda una película.

El amor es lo que tiene

A juzgar por sus diálogos, Oliver y Emily nunca han leído un libro o un periódico, o visto un película, o tenido una idea, o mantenido una conversación interesante, o pensado mucho en general sobre nada. La película cree que son monos y divertidos, lo que produce vergüenza y sonrojo, como cuanto tu tío no para de hacer chistes sexuales relacionados con el golf. 

The Brown Bunny

Una vez me hicieron una colonoscopia, y me dejaron verla en un monitor de televisión. Fue algo bastante más entretenido que ver The Brown Bunny.

Es verdad que yo estoy gordo, pero algún día estaré delgado. Vincent Gallo, en cambio, será siempre el director de The Brown Bunny.

Pero Siskel y Ebert no quisieron hacerse famosos simplemente por despedazar películas. Al contrario. Su máxima era construir antes que destruir. Destacaron por dar voz a muchos talentos desconocidos con la sección «Buried Treasures», en la que comentaban películas indies, de bajo presupuesto y proyectadas en muy pocas salas de cine del país. De este modo hicieron despegar carreras como la de Ramin Bahrani, el talentoso director iraní de Man Push Cart (Un café en cualquier esquina, es el título en España), la del documentalista Errol Morris o la de un joven de Little Italy, llamado Martin Scorsese. En el documental basado en la autobiografía de Ebert, el propio Martin Scorsese cuenta, entre lágrimas, cómo en los ochenta, arruinado, adicto a la cocaína y deprimido tras un tercer matrimonio fallido, la confianza depositada en él por Ebert y Siskel fue lo que le «devolvió la vida». 

Años más tarde, sin embargo, no les temblaría el pulso ni a Siskel ni a Ebert para destrozar El color del dinerode Scorsese. El compromiso con la verdad y el espectador era sagrado.

«Aquella crítica, aunque devastadora, me ayudó a mejorar. No fue tóxica, venenosa, despreocupada, egoísta y ausente de caridad, como las de muchos otros», recuerda el director de Goodfellas.

IV.

Gene Siskel murió el 20 de febrero de 1999 a los cincuenta y tres años tras sufrir complicaciones derivadas de un cáncer cerebral que le habían diagnosticado poco antes. Roger Ebert desconocía que Siskel estuviera tan grave y le afectó mucho la muerte de su compañero, amigo y némesis. El show siguió durante años bajo el nombre de Ebert & Roeper

Esta vez su nombre sí iba delante. Pero a qué precio.

Ebert, por su parte, no correría mucha mejor suerte. En 2006 se le descubrió un bulto en la barbilla, confirmándose las peores sospechas: un tumor. Tras varias operaciones que no salieron bien, se tomó la decisión más drástica: extirparle la mandíbula, dejándole con una masa carnosa colgando, y perdiendo la facultad de hablar, comer o beber.

Se sometió a varios procesos de reconstrucción de su mandíbula a partir de hueso de su peroné y de tejido de la espalda pero sin conseguir el éxito esperado. Tras una de las primeras intervenciones, aparentemente exitosa, estando aún el crítico en su habitación del hospital justo antes de marcharse a casa, decidió poner a modo de despedida del hospital «I´m your man» de Leonard Cohen, la canción que escuchaba en sus momentos más bajos junto a su inseparable mujer, Chaz. Antes de que acabara la canción, sufrió una repentina rotura de la arteria carótida. Estar aún en el hospital y no en el parking le salvó la vida. 

Si «I´m your man» llega a ser un poco más corta, no me habría salvado. Así que muchas gracias, Mr. Cohen. Usted me salvó la vida.

Tras estas experiencias, renunció a someterse a más intervenciones. Jamás volvería a hablar de nuevo. Paradójicamente, durante esta última etapa se observa al Ebert más reflexivo y humano. Sin abandonar su cáustico sentido del humor.

Echo de menos a Siskel. Seguro que me diría que lo bueno de mi nueva condición es que ahora ya no necesito un GPS para encontrarme la barbilla.

En 2013 fue intervenido por una fractura en la cadera. El cáncer se había extendido. Murió el 4 de abril de 2013. 

Al menos dejó tras él una gran nube de humo.

V. 

En su autobiografía, Ebert afirma que ser crítico de cine es el mejor trabajo del mundo porque eres «el encargado de cubrir el pulso del sueño de la nación. Si prestas suficiente atención a la películas, ellas te dirán qué desea y qué teme la gente».

Siempre me ha despertado curiosidad el trabajo de crítico de cine. Como el de árbitro, el de encargado de abrir las puertas del Retiro cada mañana o el del que traduce los subtítulos de las series. Trabajos necesarios pero poco reconocidos.

Hay un dicho anglosajón: «Not every one is an artist but everybody is a fucking critic». La verdad es que no creo que todo el mundo valga para este trabajo. La crítica de cine es un apasionante género periodístico en sí mismo. Qué difícil conseguir ese aparente oxímoron de «crítica constructiva». Como querer ser amigo de tu ex. Posible en teoría pero en la práctica es un ejercicio de verdadero funambulismo emocional. Cuando era niño leía en el periódico críticas de cine a una edad a la que ni siquiera me estaba permitido ir solo al cine más cercano. Supongo que había algo mágico en ver una película desconocida a través de las palabras de otra persona. Lograba poner lindes con palabras a ese torrente de emociones que uno siente a oscuras en un cine. 

De un tiempo a esta parte, sin embargo, uno se topa cada vez con mayor frecuencia con críticas aburridas, crípticas y muy solemnes, más cercanas a un ejercicio onanista de name-dropping que a un sincero intento de trasladar al lector las sensaciones más primarias que genera una película en el espectador. Incluso en ocasiones se tiende a escribir pensando más en ser leído por los directores y productoras que en escribir, ¡oh, qué vulgaridad!, para el lector/espectador. 

Por eso siempre he disfrutado leyendo a Ebert. Sin caer en la pedantería, ni en el halago fácil, reflexionaba sobre películas y trasladaba de una forma clara, vibrante y sencilla, con un agudo sentido del humor y una gran humanidad, ese calambre en el espinazo que se siente en un cine viendo una gran película.

Porque, al final, todo lo que merece la pena gira en torno a ese calambrazo.

Si tengo suerte, sin embargo, algo extraordinario me pasará en Cannes. Veré alguna película que me hará sentir un hormigueo en la espina dorsal, y me iré del teatro boquiabierto. No hay mejor lugar en la tierra para ver una película que el Palais des Festivals de Cannes, con su pantalla tres veces el tamaño de una sala de cine normal, y su perfecto sistema de sonido, y especialmente con ese público de cuatro mil personas que realmente vive de forma apasionada y sincera el cine. 

No recuperaré por escribir este artículo ni una pequeña parte del dinero que he gastado a lo largo de los años en libros, entradas y DVD por culpa de Roger Ebert. Bien está así. El que sigue en deuda soy yo.

Roger Ebert, 2007. Fotografía: Sound Opinions (CC).